Zoología de interior

Son bisontes. Lo sabe desde que escuchó el primer contacto de sus pezuñas sobre las baldosas. Han ido apareciendo de uno en uno pasada la medianoche, andando mansamente por el pasillo, husmeando en la cocina y los dormitorios, bramando agobiados entre los saneamientos del baño, hasta acabar ocupando el piso entero. Sólo en el salón habrá unos cincuenta ejemplares. Nada más clarear el alba cientos de estorninos han entrado en bandada por las ventanas, y al poco todos tenían unos cuantos posados sobre sus lomos. Les ha puesto hierba fresca y agua para poderlos estudiar en detalle. Trabaja con denuedo, examinándolos y recogiendo muestras, realizando bocetos, apuntando toda clase de datos y observaciones. Siente una emoción difícil de explicar remetiéndose entre ellos. Acaricia la dura pelambrera de sus jorobas, los agarra por los cuernos y mira con fijeza a sus ojos, maravillándose de su gesto impasible “asunción natural de la realidad hallada”, anota en su bloc; les golpea cariñosamente el hocico con la palma de la mano. Subido ahora en un taburete, con rodillas temblorosas, se dispone a tomar una foto. Flota ya cierta tensión en la manada, manifiesta en un sordo rumor de fondo, antes de destellar el flash.  

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