Pródigo

Nunca me han gustado los cuentos de Navidad, y sin embargo, siempre que fantaseaba con la idea de mi regreso, este se producía por esas fechas. Supongo que era en parte por aprovechar el contagioso sentimiento de piedad que se da en ellas y al que tal vez ni siquiera mis padres fuesen inmunes. El supuesto que más me complacía, y en que mejor parado resultaba, era sin duda aquel en que volvía como noticia de mi propia muerte. Era también el más cómodo para mí, desde luego, y no ya por la obligada pasividad de mi papel —en el que quedaba exento de cualquier justificación de mi conducta pasada—, sino porque pocas cosas hay que la muerte no redima con su solo acontecer, más si esta había ocurrido de manera heroica, al socorrer a un niño del ataque de un perro, por ejemplo, o bien al salvar a una anciana de ser atropellada por un camión. Cabía además en este caso la posibilidad de que yo mismo, libre del lastre de mi elemento físico, y anticipándome tal vez al fatal comunicado, me presentara en forma de ente translúcido y luminoso. Dado que nadie puede negar que un espíritu sea capaz de pulsar un timbre, yo imaginaba que llamaba al de nuestra casa y que al poco me abrían la puerta. A menudo era mamá quien lo hacía, si bien papá, más al fondo, se asomaba para ver quién era y, ante el silencio de ella, se acercaba a ver qué pasaba. Nos quedábamos entonces los tres mirándonos, con ansia yo por ver su reacción, y en un estado de pasmo ellos que impedía cualquier respuesta por su parte. Mas luego venía una segunda fase en la que ambos trataban de averiguar qué era lo que tenían delante, si su hijo al completo o sólo su espectro, enigma que quedaba resuelto cuando, al mirar hacia el caminito del jardín, descubrían que mis pasos no habían dejado huellas en la nieve. Yo me emocionaba sólo con pensarlo, así que imagínate ellos, que lloraban incluso con aquel anuncio del turrón.

Mi afán por lograr su indulgencia, no obstante, jamás llegó al extremo de forzar de manera voluntaria semejante situación. Pero sí fue suficiente para que un día, tras valorar lo poco que me quedaba por perder, me decidiera a volver. Aunque fuera en carne y hueso. Elegí la Nochebuena para hacerlo, influido seguramente por los motivos que decía al principio, pero también porque ya la teníamos encima y ese día, además, podía reencontrarme con el clan entero. Eso implicó, para empezar, que hubiese menos autobuses circulando en la ciudad, con la consecuencia de que llegase tarde a mi destino, y todo después de hacer gran parte del recorrido a pie, lloviendo como estaba. Llegué, pues, cuando ya lo había hecho toda la familia, y con un aspecto que nada tenía que ver con la pureza del espectro de mis pensamientos. Empujé la cancela de la calle y estuve un rato allí, en la acera, dudando si entrar o no, con una sensación en el estómago que nadie habría relacionado con las mariposas, hasta que decidí avanzar, tembloroso, por el sendero de pizarras. Di primero una vuelta a la casa, mirando a hurtadillas por las ventanas, con los pies, a diferencia de mis fantasías, clavándose al andar, y no precisamente sobre un manto de nieve, sino sobre el pesado barro. Fue en el comedor donde pude encontrar a todos; a mis hermanos y cuñadas, en fraternal charla, a mis sobrinos, abriendo sus regalos, y a mis padres, mirándolos llenos de gozo y acompañando con gestos de sorpresa cada juguete desenvuelto. No podía esperar más si no quería ser intempestivo, de modo que que me dirigí hacia la puerta de una vez, olvidándome de muertes redentoras y enternecedores fantasmas que favorecieran mi empresa, contando solamente con lo que era: un pobre muchacho lleno de defectos que, tras años de descalabros lejos del hogar, había decidido regresar a él dispuesto a pedir disculpas de forma incondicional por sus faltas. Llamé. Y justo entonces me asaltó el nefasto augurio de que no me iban a abrir. Así y todo insistí hasta tres veces, más que nada porque no confío mucho en esa clase de revelaciones, aunque después de la última me di enseguida la vuelta y eché a andar. Empezaba a nevar cuando cerraba la cancela tras de mí, y siguió haciéndolo, de manera cada vez más intensa, mientras me alejaba de allí para siempre, ligero como una pavesa por más que mis ropas estuviesen empapadas, liberado de cualquier tipo de pesar por primera vez en toda mi existencia.

6 comentarios sobre “Pródigo

  1. Bueno de verdad, no lo he podido evitar, disculpa, En enero, cuando publicaste este relato, no sabias la que se nos venía encima. Yo el día ocho de febrero, presente mi primer libro, y mis augurios soñados también se elevaron como una pavesa, tan lejos y tan alto, qué ya ni los recuerdo.
    Un saludo.

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