Éxodo

Ya no quedaba lugar para la duda: había que partir. El ascenso paulatino y generalizado de las temperaturas, de acuerdo con lo que algunos vaticinaban, había acabado desembocando en una nueva era glacial. El más tarde llamado Punto de Inversión, en el que el calentamiento se había frenado pese a las escasas medidas tomadas, había hecho pensar a muchos que el problema estaba resuelto. Pero no era así. A partir de entonces tuvo comienzo el enfriamiento global, de efecto más veloz que su fenómeno opuesto, haciendo que en poco tiempo los casquetes polares avanzaran empujando a toda vida capaz de movimiento hacia otras latitudes, cuando no sepultándola hasta hacerla perecer bajo el hielo.

Mi amigo Luis fue desde el inicio el principal partidario de abandonar la aldea, si bien solo accedimos a darle la razón cuando la verdad era más que evidente. Atrás quedaban años de incertidumbres, de discusiones acaloradas en los medios que nunca aclaraban nada, de largas conversaciones en la taberna e insoportables silencios en casa, de afirmaciones vagas y negaciones inconsistentes, de atender sólo a lo que uno quería oír con tal de no afrontar la realidad, o de buscar motivos que justificaran retrasar aquello que a todas luces se iba perfilando como la única alternativa a la desesperante necesidad, pero sobre todo al miedo, el mayor miedo que uno pueda tener, y que se fundamentaba en la conciencia de tener a los tuyos en el peor de los peligros.

Despedirse de los viejos fue lo más duro. Decididos por propia voluntad y de manera irrevocable a quedarse, sabíamos que aquel abrazo podría ser el último. Se movían inquietos entre nosotros, procurando no estorbar aunque sin saber qué hacer. Su mayor preocupación parecía haberse reducido a que pudiéramos olvidar algo, de manera que sus frases de recordatorio, repetidas nerviosamente hasta el absurdo, sustituían con frecuencia a las de la despedida. En la última imagen que recuerdo de mis padres, ambos están diciendo adiós delante de casa y al lado de nuestro pozo, aquel que yo mismo hice como único recurso para disponer de agua en estado líquido. No hubo de pasar mucho tiempo para que nuestros peores augurios sobre el destino de cuantos dejamos allí se vieran confirmados.

Salimos al alba en silencio, cargando en brazos con los más pequeños, aún dormidos, y arrastrando únicamente los enseres necesarios. El barro helado de los caminos, marcado de huellas de carros, dificultaba nuestro avance, obligándonos a parar más de lo deseado en espera de los rezagados. Nada que hiciera flaquear nuestra determinación de seguir, de alejarnos como fuera del hambre y aquel frío extremo que parecía mordernos los talones, provocando a diario bajas entre los más débiles y vulnerables.

El grupo iba creciendo al paso por los pueblos. Los nuevos hablaban con entusiasmo del Continente Milagro, La Tierra de la Gracia, ese lugar donde un día reinaron los desiertos y en el que ahora la vida florecía por todas partes en una abundancia sin límites. Éramos conscientes de que, tras llegar a la costa, cruzar el mar exigiría una interminable y tortuosa espera. Se decía que montar en cualquiera de los barcos tenía un precio que no todos podían pagar, y que el pillaje, el robo y el asesinato se habían convertido en un riesgo mucho mayor que la propia aventura de un desplazamiento forzado y sin medios. Nos consolaba saber, no obstante, que al menos ya no quedaba nada de aquella barrera hiriente que una vez nosotros mismos habíamos levantado.

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