Estudios superiores

 Sentados sobre una roca, a la sombra de un pino, Marta y Nono parecen haber perdido la armonía de otras tardes. Ríen a destiempo y se atropellan al hablar, quedándose luego mirando en silencio los corchos de sus cañas flotar en el agua.

 Ella acaba hoy sus vacaciones y mañana volverá a la ciudad. Allí se encontrará con sus amigos de siempre. Con su novio. Y poco después emprenderá los estudios de derecho y las practicas en el bufete de papá. Él en cambio seguirá allí, en el pueblo, trabajando en la lonja del puerto y en el bar de su tío; haciéndose cargo de sus padres y hermanos.

 Un buque de carga avanza perezoso por la bruma del horizonte. Nono imagina que es el cursor de una cremallera que pudiera abrir mar y cielo, mostrando más allá una isla ignota en la que naufragar juntos. Marta mira también pensativa hacia el inmenso y profundo azul. Aunque su mente poco a poco regresa con el oleaje hasta la orilla.

 «Dime que retomarás los estudios en cuanto puedas», le dice de repente. Nono la mira entonces con el aliento contenido. Quizá no vuelva a verla jamás. Suficiente razón para no hablarle de la magnitud de su amor por ella; para no preguntarle en qué medida es correspondido. Podría ser como talar ese hermoso árbol que los cobija con la sola intención de saber su edad.

 «Lo haré», acaba diciéndole con la mayor sinceridad que le es posible. Porque Nono, a decir verdad, nunca ha dejado de estudiar.

El regreso

La plaza del ayuntamiento está muy concurrida debido a que es sábado y hay mercado, pero eso no ha impedido que encuentren una mesa libre en la terraza de un bar. Marta sonríe mientras busca con la mirada al camarero. Le divierte la contrariedad de Herminio, que sigue sin entender cómo ha aceptado venir.

—De sobra sabes que prometí no volver a este pueblo —protesta.

—Creo que me lo debías después de más de cuarenta años hablándome de él —responde ella sin mirarlo, recreándose en el ambiente que los rodea.

Herminio aún no se ha repuesto del último tramo del viaje, la misma carretera comarcal que en tantas ocasiones recorrió con su viejo utilitario y que en esta última cada una de sus curvas le ha hecho sentir un nudo en las entrañas. El primer trago de cerveza cae como un rayo en su estómago vacío, aunque no tarda en actuar también como bálsamo. Pronto empieza a tomarse las cosas de otro modo, a asumir que a veces es un poco testarudo. Observa que la plaza no ha cambiado mucho y que en parte le agrada volver a verla. Una bandada de cornejas surca el cielo y tiene la fugaz sensación de que son las mismas que lo hacían entonces, como también aquel joven del maletín que ve a lo lejos podría ser él mismo cruzando la plaza por primera vez hace medio siglo, inexperto y con los ideales intactos. Se retrepa por fin un poco en la silla. Mira a Marta, que ahora anda trasteando en el móvil, y piensa que luce espléndida bajo el tibio sol de septiembre.

—Aparte de esto que hemos visto al llegar —le dice—, el núcleo tenía poco más. La iglesia, que asoma por allí detrás, la calle principal y la escuela. El resto eran dos pequeñas aldeas, varios cortijos y unas cuantas casas desperdigadas. Tampoco parece que haya crecido demasiado.

Piden otra ronda. Marta dice que le habría gustado ser testigo de su época de maestro en el pueblo. Él le explica que no se ha perdido nada y que lo más importante ya se lo ha contado él. Las veces, por ejemplo, que subió esas escaleras del ayuntamiento para reclamar mejoras en las aulas y en el resto de instalaciones o pedir ampliar la dotación de la librería, a menudo sin ningún éxito. Los problemas que encontró en la actitud poco interesada de los alumnos en las materias. La falta de comprensión hacia su labor por parte de sus padres cuando accedían a venir a sus llamadas. La apática y resignada disposición de los otros dos maestros, mayores que él y destinados allí por motivos que preferían callar.

De repente ocupa su atención un hombre que hay en la mesa de enfrente. Esas enormes orejas son sin duda las de Nonito, un pelirrojo que solía sentarse junto a la ventana. Está con una mujer y ambos lo miran con disimulo mientras dan cuenta de dos vinos y una ración de calamares. Nonito venía siempre a clase con las manos renegridas. Más de una vez lo reprendió delante de sus compañeros e incluso llegó a castigarlo por ello. Pero él se limitaba a agachar la cabeza avergonzado. Un día su madre vino a verlo. Le explicó que lo que su hijo tenía en las manos no era suciedad, sino la piel cortada por lavar en el agua fría de la acequia las hortalizas que cultivaban. Aún conserva todo el pelo, ahora blanco, y algunas de las pecas que cubrían su cara; seguramente también aquel mal recuerdo.

—¿En qué piensas? —le dice Marta.

—En nada —responde tras dudar un momento—, en si podría reconocerme alguien.

Es él, sin embargo, quien cree descubrir a otro de sus alumnos en una mesa cercana a la de Nonito.

—No mires ahora —dice—, pero juraría que aquel tipo de la barba es el Luis de quien tanto te he hablado.

Si Nonito representaba uno de sus más dolorosos errores, Luis era el paradigma de todas sus batallas perdidas. Apenas iba a clase, obligado de forma habitual a trabajar en la hacienda familiar, y como consecuencia de ello era casi analfabeto a sus once años. Herminio consiguió, tras mucho hablar con sus padres, que equiparara su asistencia a la del resto de alumnos. Era un niño muy inteligente y pronto empezó a progresar, llegando a destacar en clase en los dos cursos siguientes. Poco antes de acabar el ciclo de educación básica, no obstante, su padre cayó enfermo y él tuvo que dejar el colegio para realizar su trabajo. El final de ese curso supuso también el cambio de destino de Herminio. La mañana que fue a despedirse de Luis lo encontró atareado en las faenas de la granja. Estaba esquivo y con pocas ganas de hablar, y apenas logró de él un ligero asentimiento cuando le rogó que retomara los estudios en cuanto pudiera. Se conserva bien y viste elegantemente, nada que ver con aquella última imagen que le dejó, trajinando cabizbajo en la pocilga con chubasquero y botas de agua.

La presencia cercana de aquellos “niños” sesentones está socavando la entereza recién recuperada de Herminio, sustituyéndola por un sentimiento con el que no contaba. Intenta decir algo, pero no puede articular ni una sola palabra. Su mentón empieza a temblar en el justo momento en que Nonito se pone en pie. Acto seguido lo hace Luis. Y, tras ellos, lentamente y de cada una de las mesas, hombres y mujeres en los que va reconociendo sin gran esfuerzo a sus viejos alumnos. Todas nuestras miradas están puestas en él, por lo que cuando empiezan a sonar los primeros aplausos sabe de inmediato que son en su honor. El clamor es ya abrumador cuando Marta, que en ese momento responde una llamada de sus hijos, lo agarra del brazo haciendo que se levante él también.

—Daos prisa —dice al teléfono—, estamos en la “Plaza del Ayuntamiento”, “Plaza maestro Herminio Gómez” desde hoy.  

Colosal Navidad

Tras el ¡clic!, audible en todo el Brazo de Sagitario, el firmamento entero se apagó. Casiopea, la hija menor del Coloso, rompió a llorar entonces y mamá tuvo que acogerla en su regazo para consolarla. Los gemelos Cástor y Pólux empezaron a gastarse bromas amparados por la oscuridad, riendo y gritando, ocultando de paso su propio miedo. Sólo Perseo, el mayor, mantenía una actitud adulta alumbrando con una linterna el trabajo de su padre, que en ese momento sujetaba con una mano uno de los cabos del cable recién cortado mientras que con la otra soltaba las tenazas y buscaba a tientas, con evidente prisa, el destornillador. «Alumbra aquí, hijo», pidió a Perseo señalándole la mesa, en la que había dispuesto un improvisado banco de trabajo. Sobre ella, junto al manual de instalación, aguardaba un dispositivo electrónico al que previamente había retirado la carcasa. «No llores, Casiopea, que ya mismo acabo», susurró a la pequeña intentando calmarse él también. Buscó la conexión de entrada del artefacto e introdujo en su orificio el extremo del cable que sostenía, atornillándolo luego con fuerza. A continuación agarró el otro cabo y repitió la operación en la conexión de salida, aunque con problemas, pues Cástor y Pólux seguían incordiando alrededor y el tornillito para fijarla se le cayó varias veces antes de lograr colocarlo en su sitio. Echó un vistazo final al circuito para asegurarse de que todo estaba en orden y colocó de nuevo la carcasa. Sólo entonces dijo a Perseo, cediéndole el honor, que podía accionar el interruptor. Fue papá el que alumbró esta vez con la linterna mientras su hijo empleaba todas sus fuerzas para cambiar la palanca de posición. Y fue ¡tonk! el sonido que ahora se escuchó en esa parte de la galaxia, marcando el inicio de algo nunca visto en ella. La primera luz que puso fin a aquella inmensa oscuridad fue la del gas interestelar y, con ella, la de todas las nebulosas que su vista alcanzaba. Se trataba de una luz tenue y lechosa cuyo inmediato efecto fue hacer callar a la pequeña y detener las travesuras de los gemelos. Permaneció, no obstante, encendida de forma fija más tiempo del esperado, un lapso que resultó interminable para el Coloso, más al ver que su mujer lo miraba con cara de «¿eso es todo?». Tampoco lo que vino después satisfizo expectativas, ya que cuando por fin se apagaron las nebulosas hubo de transcurrir otro puñado de segundos para que ocurriese algo, y fue que se encendió una parte del conjunto de estrellas. «Mirad, dijo el Coloso queriendo animar, son las estrellas enanas, en todos sus colores». Pero los gemelos, en particular, no parecían muy entusiasmados. «Esto va muy lento, papá», dijo Pólux actuando como portavoz de ambos. Tuvo que ser Perseo quien calmara la situación explicando que lo que estaban viendo era una “demo” y que lo mejor aún estaba por venir. Papá no sabía bien qué era eso, pero posó agradecido la mano en el hombro de su primogénito mientras miraba hacia el cielo. En efecto, tras apagarse las enanas, se encendieron las medianas que, a su vez, con la misma desesperante lentitud, dieron paso a las gigantes. Cuando estas últimas se apagaron, hubo otra pausa a la que puso fin un inesperado encendido total que sí asombró a todos. A partir de ahí se acabó la lentitud. La secuencia anterior se repitió, pero ahora de manera rítmica y acompasada. Luego vino una combinación distinta. Acto seguido, otra. Y así hasta 30 diferentes, de acuerdo con lo que ponía en la caja del aparato. Casiopea intentó coger una de aquellas luces con sus manecitas, pero su madre lo evitó a tiempo tirando de ella. El Coloso estaba realmente satisfecho. Observaba feliz la alegría de los suyos sin dejar de pensar, orgulloso, en que aquellas Navidades el Brazo de Sagitario sería la admiración de toda la Vía Láctea. Había empezado a recoger las herramientas y las iba colocando una a una en el lugar correspondiente de su apreciado maletín. Las tenazas, el destornillador, el pelacables, una llave especial sin la que no habría podido hacer nada. Era un set muy completo del que siempre echaba mano y que guardaba como oro en paño.

Rabia

La rabia ha secado antes de tiempo el cultivo de tomates de Juan, el McCartney. Ahora prepara el suelo para otra siembra mientras las matas, en plena producción hasta hace poco, yacen arrancadas y amontonadas en un extremo de la haza. Va y viene una y otra vez con la mula y el arado, con cierta prisa porque queda poco sol. Visto de espaldas aún se parece algo a su ídolo de juventud, aquel al que quiso emular formando un grupo de música moderna y del que continúa copiando el peinado con el poco pelo que le queda. Traza surcos paralelos a simple vista pero convergentes en su fuga hacia el monte Muerto, como todos en la comarca desde hace siglos. Un par de pasadas más y llegará a la linde que separa su propiedad de la de su primo Luis, una franja dura cubierta de juncia y grama a la que ninguno de los dos acerca mucho el arado. A Luis, que reacciona antes si le llamas Belfo, le ha ido bastante mejor con los calabacines que sembró. Dice que en estas cosas influye mucho la suerte, aunque se le ve cierta jactancia en su tono al decirlo. Descansa fumando bajo un olivo cuando pasa junto a él.

—¿Qué vas a sembrar ahora, primo? —le dice ofreciéndole un cigarro.

—Alcachofas he pensado —responde el McCartney, mirando sin querer las cajas de calabacines que este tiene colocadas a la sombra.

—Alcachofas está bien. Yo aún no sé qué pondré cuando quite esto.

—Aún tienes un par de semanas para pensarlo.

La mula arranca de nuevo ante un chasquido del McCartney. Al Belfo le ha dado últimamente por decir en el bar, en cuanto bebe, que la tierra de su primo le corresponde a él por derecho, aduciendo para ello razones y datos que se remontan varias generaciones atrás. El McCartney se pierde en el árbol de la genealogía familiar, en cuyas ramas hay desde fortunas dilapidadas y tesoros escondidos hasta traiciones, venganzas e incluso algún intento de asesinato. El Belfo, en lo que a él atañe, habla de palabras dadas y de deudas de juego que de haberse cumplido unas y saldado otras su herencia habría sido muy diferente. Pero cuando habla con su primo le quita importancia al asunto diciendo que la familia es lo primero. El Belfo tiene la rara habilidad de hablar con el cigarro pegado en el labio inferior, algo que parece acentuar cada palabra conciliadora de esas que dice a su primo mientras lo agarra por el hombro mirándolo a los ojos, emocionándose incluso. Luego, por la noche en el bar, sigue con lo mismo. El McCartney ara de memoria. Apenas mira la reja abrir la tierra. Lo peor de la familia, piensa, es que nunca deja de serlo. Los motivos de su primo son oscuros y ambiguos, confusos como el murmullo de muertos que cree oír a veces en el mentidero y que llega a hacer inaudible el de los grupos de vivos que lo frecuentan. Nada gana con andar pregonando esas cosas tampoco, si no es hacerle a él mala sangre. Encara el último surco más acelerado de la cuenta. Su sombra junto a la de la mula se le antoja de repente la de su padre o la de su abuelo, quizá la de su bisabuelo, aquel tan pendenciero. Le pasa mucho. Sobre todo cuando camina de madrugada por las calles desiertas del pueblo, al volver de regar, y a su paso las farolas proyectan su figura como algo ajeno y familiar a un tiempo. El animal también parece querer acabar. El McCartney agarra con mayor fuerza las manceras. Es entonces cuando ocurre algo que bien podría llevar un siglo esperando el momento. De entre la tierra revuelta, sacándole de su abstracción, de repente sale una culebra a la que está a punto de pisar. Lo evita dando un respingo y soltando el arado que, sin mano que lo guíe, se desvía por la linde, abriéndola en dos a lo largo de unos metros hasta quedar detenido contra algo. Un pedrusco, piensa. Pero cuando se acerca e intenta liberar la reja del suelo, atravesado por ella, aflora un cofre. No tiene que abrirlo para saber lo que guarda dentro, pues un chorro de monedas de oro se ha derramado ya por el agujero. Observa de reojo que el Belfo se acerca a grandes zancadas. Tapa el hallazgo con el sombrero y lo espera de pie, secándose la frente con un pañuelo.

—¿Qué está pasando aquí, primo? —le dice el otro mirando alterado aquí y allá.

Observado desde la altura necesaria, el mosaico de la vega parece un inmenso abanico en el que cada surco es una varilla y el monte Muerto el clavo sobre el que todas giran. El McCartney y el Belfo son así dos puntos apenas perceptibles, llegando a desaparecer fundidos entre los tonos intensos de agosto si se continúa ascendiendo en dicha perspectiva. Pronto el sol se esconderá y el paisaje que los contiene también se perderá en la oscuridad, del mismo modo que sus vidas acabarán un día confundiéndose en la noche de los tiempos con todas sus generaciones de antepasados.

El Belfo empuña una hoz que por casualidad estaba utilizando, algo percibido por el McCartney que a su vez aprieta su navaja en el bolsillo. Curiosamente no piensa en el tesoro hallado, sino en ese montón de tomateras arrancadas, resecas por la rabia.

Lugares comunes

Algún día me necesitarás y yo acudiré sin dudarlo. Ya sabes que no serán obstáculo para ello la altura de las montañas, la profundidad de los valles o la anchura de los ríos que nos separen. Aunque te recuerdo que ahora ando por Chicago y eso impedirá que llegue tan pronto como quisiera. Puedo verme ya recorriendo la Will Rogers en mi viejo Ford con ese solo objetivo. Repostando en gasolineras regentadas por tipos huraños. Comiendo en bares de camareras descaradas. Durmiendo en algún sucio motel del Midwest con ruidosos vecinos de habitación. Sufriendo tal vez una irreparable avería en mi coche y siendo recogido por un camionero charlatán que me lleve hasta donde pueda alquilar otro. Me asaltarán el último día recuerdos de nuestra agitada relación. Imágenes desordenadas entre las que destacará la de aquel móvil de vidrios de colores que te regalé una vez. Ahora cuelga del porche de la apartada granja en la que te ves obligada a vivir. Su tintineo, bajo el sol implacable de Arizona, se mezclará con el zumbido de las moscas y el crujir de una hamaca en la que se mecerá levemente el cadáver de tu marido. Levantando una gran polvareda llegaré al lugar del crimen donde, haciendo honor a mis turbios tiempos de sheriff, limpiaré cualquier rastro de tu presencia más inmediata y falsearé pruebas de forma que parezca un suicidio. Para entonces tú estarás alejándote adormilada en un viejo bus rumbo al hogar de tus padres, en Nevada. No faltará el cráneo de una vaca junto a la carretera y algún erizo cruzando la calzada, ni tampoco estepicursores rodando frente a tu casa, simbolizando nuestro destino, anunciando otros lugares comunes donde poder encontrarnos.

Por la escondida senda

Hay un óleo de Gustav Klimt en el que dos abedules parecen conversar. Según el día que lo miras se podría pensar que discuten de forma acalorada o bien que se han encontrado paseando y se alegran de ello. Sus figuras destacan en el horizonte, recortadas sobre un cielo con nubes, junto con la de un tercero de igual género del que no queda clara su actitud con respecto a ellos. La vegetación que completa el lienzo, en el que no hay presencia humana, son otros árboles, frutales estos y de un evidente discurso afable, y un prado florido que integra todo y que da la sensación, observando la cantidad de amapolas que acumula en la mitad inferior, de estar en lento movimiento hacia el espectador, como una multitud vegetal unida por alguna razón festiva o de reivindicación. El conjunto produce una algarabía sin estridencias que acaba enredándote en su indómita espesura. Yo tenía una copia de ese cuadro que miraba absorto cada tarde en mi apartamento en la ciudad. Seguramente siga allí colgada, como una ventana de luz en su oscura y atronadora soledad. La misma de la que una mañana partí en mi viaje hacia ese otro mundanal ruido.

El escudo

Cordelia nació de una niña de catorce años y de un padre que nunca lo fue, y creció huérfana de abuelos en una chabola de los suburbios. Pese a todo, tras cumplir dieciocho años se graduaba con Matrícula de Honor en el más reputado centro de enseñanza secundaria de la ciudad. Nadie habría dicho al verla recibir el diploma que aquella era la misma criatura que hasta que pudo andar por sí misma deambuló metida en un canasto por vertederos y campos de labranza, o permaneció esperando en él días enteros junto a una cadena de producción. Tampoco que la cuna y la cama donde durmió y la silla en la que se sentó, por no nombrar todas sus pertenencias desde pequeña, fueron rescatadas de la basura, cuando no compradas en rastrillos o recibidas en donación. Y mucho menos que los amigos que compartieron su infancia y adolescencia estuvieron estigmatizados por esa misma pobreza, cuando no también por la delincuencia. Es por todo eso que su figura vestida de gala sobre el escenario bien podría haber sido comparada a la de una deslumbrante venus milagrosamente emergida de aguas sucias y cenagosas. El que su persona hubiese quedado impoluta en ese proceso era en parte resultado de su propia valía, aunque no tanto como de una suerte de coraza mágica que la acompañó desde el primero de sus días, impidiendo que su piel se manchara con la mugre del extrarradio, apartando estorbos en su camino y deteniendo derrumbes a su paso. Un ente sobrenatural que, sin embargo, cuando perdía su habitual estado de fábula se convertía en un ser humano de cuerpo menudo. El de una chica de espalda atrofiada a fuerza de cargar con el capazo que la contenía allá donde la obligación la llevara. La misma que intentó compensarla a diario del cariño y la atención que por otros lados nunca habrían de llegarle. Una mujercita no mucho mayor que ella que, mientras recibía ahora los honores de su logro, aplaudía orgullosa y emocionada desde la última fila.

Pródigo

Nunca me han gustado los cuentos de Navidad, y sin embargo, siempre que fantaseaba con la idea de mi regreso, este se producía por esas fechas. Supongo que era en parte por aprovechar el contagioso sentimiento de piedad que se da en ellas y al que tal vez ni siquiera mis padres fuesen inmunes. El supuesto que más me complacía, y en que mejor parado resultaba, era sin duda aquel en que volvía como noticia de mi propia muerte. Era también el más cómodo para mí, desde luego, y no ya por la obligada pasividad de mi papel —en el que quedaba exento de cualquier justificación de mi conducta pasada—, sino porque pocas cosas hay que la muerte no redima con su solo acontecer, más si esta había ocurrido de manera heroica, al socorrer a un niño del ataque de un perro, por ejemplo, o bien al salvar a una anciana de ser atropellada por un camión. Cabía además en este caso la posibilidad de que yo mismo, libre del lastre de mi elemento físico, y anticipándome tal vez al fatal comunicado, me presentara en forma de ente translúcido y luminoso. Dado que nadie puede negar que un espíritu sea capaz de pulsar un timbre, yo imaginaba que llamaba al de nuestra casa y que al poco me abrían la puerta. A menudo era mamá quien lo hacía, si bien papá, más al fondo, se asomaba para ver quién era y, ante el silencio de ella, se acercaba a ver qué pasaba. Nos quedábamos entonces los tres mirándonos, con ansia yo por ver su reacción, y en un estado de pasmo ellos que impedía cualquier respuesta por su parte. Mas luego venía una segunda fase en la que ambos trataban de averiguar qué era lo que tenían delante, si su hijo al completo o sólo su espectro, enigma que quedaba resuelto cuando, al mirar hacia el caminito del jardín, descubrían que mis pasos no habían dejado huellas en la nieve. Yo me emocionaba sólo con pensarlo, así que imagínate ellos, que lloraban incluso con aquel anuncio del turrón.

Mi afán por lograr su indulgencia, no obstante, jamás llegó al extremo de forzar de manera voluntaria semejante situación. Pero sí fue suficiente para que un día, tras valorar lo poco que me quedaba por perder, me decidiera a volver. Aunque fuera en carne y hueso. Elegí la Nochebuena para hacerlo, influido seguramente por los motivos que decía al principio, pero también porque ya la teníamos encima y ese día, además, podía reencontrarme con el clan entero. Eso implicó, para empezar, que hubiese menos autobuses circulando en la ciudad, con la consecuencia de que llegase tarde a mi destino, y todo después de hacer gran parte del recorrido a pie, lloviendo como estaba. Llegué, pues, cuando ya lo había hecho toda la familia, y con un aspecto que nada tenía que ver con la pureza del espectro de mis pensamientos. Empujé la cancela de la calle y estuve un rato allí, en la acera, dudando si entrar o no, con una sensación en el estómago que nadie habría relacionado con las mariposas, hasta que decidí avanzar, tembloroso, por el sendero de pizarras. Di primero una vuelta a la casa, mirando a hurtadillas por las ventanas, con los pies, a diferencia de mis fantasías, clavándose al andar, y no precisamente sobre un manto de nieve, sino sobre el pesado barro. Fue en el comedor donde pude encontrar a todos; a mis hermanos y cuñadas, en fraternal charla, a mis sobrinos, abriendo sus regalos, y a mis padres, mirándolos llenos de gozo y acompañando con gestos de sorpresa cada juguete desenvuelto. No podía esperar más si no quería ser intempestivo, de modo que que me dirigí hacia la puerta de una vez, olvidándome de muertes redentoras y enternecedores fantasmas que favorecieran mi empresa, contando solamente con lo que era: un pobre muchacho lleno de defectos que, tras años de descalabros lejos del hogar, había decidido regresar a él dispuesto a pedir disculpas de forma incondicional por sus faltas. Llamé. Y justo entonces me asaltó el nefasto augurio de que no me iban a abrir. Así y todo insistí hasta tres veces, más que nada porque no confío mucho en esa clase de revelaciones, aunque después de la última me di enseguida la vuelta y eché a andar. Empezaba a nevar cuando cerraba la cancela tras de mí, y siguió haciéndolo, de manera cada vez más intensa, mientras me alejaba de allí para siempre, ligero como una pavesa por más que mis ropas estuviesen empapadas, liberado de cualquier tipo de pesar por primera vez en toda mi existencia.

Éxodo

Ya no quedaba lugar para la duda: había que partir. El ascenso paulatino y generalizado de las temperaturas, de acuerdo con lo que algunos vaticinaban, había acabado desembocando en una nueva era glacial. El más tarde llamado Punto de Inversión, en el que el calentamiento se había frenado pese a las escasas medidas tomadas, había hecho pensar a muchos que el problema estaba resuelto. Pero no era así. A partir de entonces tuvo comienzo el enfriamiento global, de efecto más veloz que su fenómeno opuesto, haciendo que en poco tiempo los casquetes polares avanzaran empujando a toda vida capaz de movimiento hacia otras latitudes, cuando no sepultándola hasta hacerla perecer bajo el hielo.

Mi amigo Luis fue desde el inicio el principal partidario de abandonar la aldea, si bien solo accedimos a darle la razón cuando la verdad era más que evidente. Atrás quedaban años de incertidumbres, de discusiones acaloradas en los medios que nunca aclaraban nada, de largas conversaciones en la taberna e insoportables silencios en casa, de afirmaciones vagas y negaciones inconsistentes, de atender sólo a lo que uno quería oír con tal de no afrontar la realidad, o de buscar motivos que justificaran retrasar aquello que a todas luces se iba perfilando como la única alternativa a la desesperante necesidad, pero sobre todo al miedo, el mayor miedo que uno pueda tener, y que se fundamentaba en la conciencia de tener a los tuyos en el peor de los peligros.

Despedirse de los viejos fue lo más duro. Decididos por propia voluntad y de manera irrevocable a quedarse, sabíamos que aquel abrazo podría ser el último. Se movían inquietos entre nosotros, procurando no estorbar aunque sin saber qué hacer. Su mayor preocupación parecía haberse reducido a que pudiéramos olvidar algo, de manera que sus frases de recordatorio, repetidas nerviosamente hasta el absurdo, sustituían con frecuencia a las de la despedida. En la última imagen que recuerdo de mis padres, ambos están diciendo adiós delante de casa y al lado de nuestro pozo, aquel que yo mismo hice como único recurso para disponer de agua en estado líquido. No hubo de pasar mucho tiempo para que nuestros peores augurios sobre el destino de cuantos dejamos allí se vieran confirmados.

Salimos al alba en silencio, cargando en brazos con los más pequeños, aún dormidos, y arrastrando únicamente los enseres necesarios. El barro helado de los caminos, marcado de huellas de carros, dificultaba nuestro avance, obligándonos a parar más de lo deseado en espera de los rezagados. Nada que hiciera flaquear nuestra determinación de seguir, de alejarnos como fuera del hambre y aquel frío extremo que parecía mordernos los talones, provocando a diario bajas entre los más débiles y vulnerables.

El grupo iba creciendo al paso por los pueblos. Los nuevos hablaban con entusiasmo del Continente Milagro, La Tierra de la Gracia, ese lugar donde un día reinaron los desiertos y en el que ahora la vida florecía por todas partes en una abundancia sin límites. Éramos conscientes de que, tras llegar a la costa, cruzar el mar exigiría una interminable y tortuosa espera. Se decía que montar en cualquiera de los barcos tenía un precio que no todos podían pagar, y que el pillaje, el robo y el asesinato se habían convertido en un riesgo mucho mayor que la propia aventura de un desplazamiento forzado y sin medios. Nos consolaba saber, no obstante, que al menos ya no quedaba nada de aquella barrera hiriente que una vez nosotros mismos habíamos levantado.