Rabia

La rabia ha secado antes de tiempo el cultivo de tomates de Juan, el McCartney. Ahora prepara el suelo para otra siembra mientras las matas, en plena producción hasta hace poco, yacen arrancadas y amontonadas en un extremo de la haza. Va y viene una y otra vez con la mula y el arado, con cierta prisa porque queda poco sol. Visto de espaldas aún se parece algo a su ídolo de juventud, aquel al que quiso emular formando un grupo de música moderna y del que continúa copiando el peinado con el poco pelo que le queda. Traza surcos paralelos a simple vista pero convergentes en su fuga hacia el monte Muerto, como todos en la comarca desde hace siglos. Un par de pasadas más y llegará a la linde que separa su propiedad de la de su primo Luis, una franja dura cubierta de juncia y grama a la que ninguno de los dos acerca mucho el arado. A Luis, que reacciona antes si le llamas Belfo, le ha ido bastante mejor con los calabacines que sembró. Dice que en estas cosas influye mucho la suerte, aunque se le ve cierta jactancia en su tono al decirlo. Descansa fumando bajo un olivo cuando pasa junto a él.

—¿Qué vas a sembrar ahora, primo? —le dice ofreciéndole un cigarro.

—Alcachofas he pensado —responde el McCartney, mirando sin querer las cajas de calabacines que este tiene colocadas a la sombra.

—Alcachofas está bien. Yo aún no sé qué pondré cuando quite esto.

—Aún tienes un par de semanas para pensarlo.

La mula arranca de nuevo ante un chasquido del McCartney. Al Belfo le ha dado últimamente por decir en el bar, en cuanto bebe, que la tierra de su primo le corresponde a él por derecho, aduciendo para ello razones y datos que se remontan varias generaciones atrás. El McCartney se pierde en el árbol de la genealogía familiar, en cuyas ramas hay desde fortunas dilapidadas y tesoros escondidos hasta traiciones, venganzas e incluso algún intento de asesinato. El Belfo, en lo que a él atañe, habla de palabras dadas y de deudas de juego que de haberse cumplido unas y saldado otras su herencia habría sido muy diferente. Pero cuando habla con su primo le quita importancia al asunto diciendo que la familia es lo primero. El Belfo tiene la rara habilidad de hablar con el cigarro pegado en el labio inferior, algo que parece acentuar cada palabra conciliadora de esas que dice a su primo mientras lo agarra por el hombro mirándolo a los ojos, emocionándose incluso. Luego, por la noche en el bar, sigue con lo mismo. El McCartney ara de memoria. Apenas mira la reja abrir la tierra. Lo peor de la familia, piensa, es que nunca deja de serlo. Los motivos de su primo son oscuros y ambiguos, confusos como el murmullo de muertos que cree oír a veces en el mentidero y que llega a hacer inaudible el de los grupos de vivos que lo frecuentan. Nada gana con andar pregonando esas cosas tampoco, si no es hacerle a él mala sangre. Encara el último surco más acelerado de la cuenta. Su sombra junto a la de la mula se le antoja de repente la de su padre o la de su abuelo, quizá la de su bisabuelo, aquel tan pendenciero. Le pasa mucho. Sobre todo cuando camina de madrugada por las calles desiertas del pueblo, al volver de regar, y a su paso las farolas proyectan su figura como algo ajeno y familiar a un tiempo. El animal también parece querer acabar. El McCartney agarra con mayor fuerza las manceras. Es entonces cuando ocurre algo que bien podría llevar un siglo esperando el momento. De entre la tierra revuelta, sacándole de su abstracción, de repente sale una culebra a la que está a punto de pisar. Lo evita dando un respingo y soltando el arado que, sin mano que lo guíe, se desvía por la linde, abriéndola en dos a lo largo de unos metros hasta quedar detenido contra algo. Un pedrusco, piensa. Pero cuando se acerca e intenta liberar la reja del suelo, atravesado por ella, aflora un cofre. No tiene que abrirlo para saber lo que guarda dentro, pues un chorro de monedas de oro se ha derramado ya por el agujero. Observa de reojo que el Belfo se acerca a grandes zancadas. Tapa el hallazgo con el sombrero y lo espera de pie, secándose la frente con un pañuelo.

—¿Qué está pasando aquí, primo? —le dice el otro mirando alterado aquí y allá.

Observado desde la altura necesaria, el mosaico de la vega parece un inmenso abanico en el que cada surco es una varilla y el monte Muerto el clavo sobre el que todas giran. El McCartney y el Belfo son así dos puntos apenas perceptibles, llegando a desaparecer fundidos entre los tonos intensos de agosto si se continúa ascendiendo en dicha perspectiva. Pronto el sol se esconderá y el paisaje que los contiene también se perderá en la oscuridad, del mismo modo que sus vidas acabarán un día confundiéndose en la noche de los tiempos con todas sus generaciones de antepasados.

El Belfo empuña una hoz que por casualidad estaba utilizando, algo percibido por el McCartney que a su vez aprieta su navaja en el bolsillo. Curiosamente no piensa en el tesoro hallado, sino en ese montón de tomateras arrancadas, resecas por la rabia.

6 comentarios sobre “Rabia

  1. Buenos días, Enrique, solo decirle que me encantó su relato, me parece el mejor de los tres, los otros dos finalistas son también muy buenos. Yo también participe, pero no estuve a la altura. Lo dicho, enhorabuena. No domino esto del WordPress, algún día que estuve más inspirado de la cuenta me tuve abrir un perfil, por lo que veo. Pero no se como utilizarlo. Lo dicho, su relato, cuando lo vuelves a leer es extraordinario.

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    1. Muchas gracias, Manuel. Yo tampoco me desenvuelvo muy bien en estos inventos. Me alegra mucho lo que me dices del relato. Espero verte pronto entre los seleccionados; todos sabemos como va esto. Quiero decir que, aparte de presentar una obra que no pase desapercibida, en ello juega mucho la suerte. Saludos.

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