Nieve

«Nevar es un verbo impersonal —dice don Nicanor con su tono de catedrático—. Tal vez por eso a menudo nieva de forma descuidada, porque no hay nada ni nadie que responda de ello». El resto de ancianos no parecen escucharlo. Algunos miran por la ventana, sentados en sus sillones, como iguanas mirando el mar desde las rocas, salpicados en lugar de por las olas por las luces del árbol de navidad. Otros han dejado de hacerlo para ver las noticias de la tele. Hacía años que no nevaba tanto, informa un reportero junto a una carretera, asegurando además que seguirá haciéndolo durante días. Doña Carmen cree siempre que los coches que pasan van a atropellar a los reporteros. «Sólo a veces nieva con seriedad —continúa don Nicanor—, pero entonces es preferible usar expresiones como «la nieve cae», con sujeto, porque en esa acción se adivina una voluntad que le da intención y sentido». Noelia se pasaría las horas escuchando a don Nicanor, algo que no impide que le diga que se calle un momento para poder afeitarlo mejor. A ella le encanta que nieve, en cualquier modo verbal, aunque si no acaba cuajando le sabe a poco. Doña Carmen se ha dormido tejiendo y mantiene las agujas erguidas para que no se le escapen los puntos. Don Florencio empieza con su disertación de cada tarde: «Yo tenía una mujer bonita, una casa en el campo y tres hijos fuertes que trabajaban conmigo de sol a sol…», y al poco se duerme también. Hace tiempo que no reconoce a ninguno de los suyos pese a que lo visitan con regularidad y ponen gran empeño en que lo haga. Doña Carmen acostumbra a decir que los hijos de don Florencio no tienen pinta de haber sido fuertes nunca y mucho menos su mujer de haber sido guapa. Don Nicanor observa a los tres y a otros más, dormidos frente a la tele, y se pregunta si ellos también cuentan a la hora de medir la cuota de audiencia. Noelia acaba de afeitar a don Nicanor y recoge los utensilios. Sale del salón y al poco aparece cargando una bolsa llena de regalos que va poniendo junto al árbol. Hace rato que es consciente, por la cantidad de nieve caída, de que esta Nochebuena tendrá que pasarla en la residencia. Y de que tampoco le importa demasiado. Viéndola colocar los paquetes, observando el esmero y el cariño que pone en ello, a don Nicanor se le ocurre que Noelia, de ser una nevada, sería como la de esta tarde. En la tele ha empezado un western. Don Florencio reanuda su retahíla: «La voz de ella era dulce como el canto de las alondras; la de ellos, recia como la de un ciclón». Y doña Carmen se ríe para adentro mientras mira la pantalla. Pero lo hace con ternura. A estas alturas comprende de sobra que la memoria de don Florencio no sea del todo objetiva. También que don Nicanor conserve todavía intacta su vocación docente y hasta filosófica. O que la joven Noelia haya encontrado en la residencia el hogar que nunca tuvo. Lo que no acaba de entender, ni quizá llegue a hacerlo nunca, es que en las películas del oeste las ruedas de las diligencias giren al revés.

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