Zoología de interior

Son bisontes. Lo sabe desde que escuchó el primer contacto de sus pezuñas sobre las baldosas. Han ido apareciendo de uno en uno pasada la medianoche, andando mansamente por el pasillo, husmeando en la cocina y los dormitorios, bramando agobiados entre los saneamientos del baño, hasta acabar ocupando el piso entero. Sólo en el salón habrá unos cincuenta ejemplares. Nada más clarear el alba cientos de estorninos han entrado en bandada por las ventanas, y al poco todos tenían unos cuantos posados sobre sus lomos. Les ha puesto hierba fresca y agua para poderlos estudiar en detalle. Trabaja con denuedo, examinándolos y recogiendo muestras, realizando bocetos, apuntando toda clase de datos y observaciones. Siente una emoción difícil de explicar remetiéndose entre ellos. Acaricia la dura pelambrera de sus jorobas, los agarra por los cuernos y mira con fijeza a sus ojos, maravillándose de su gesto impasible “asunción natural de la realidad hallada”, anota en su bloc; les golpea cariñosamente el hocico con la palma de la mano. Subido ahora en un taburete, con rodillas temblorosas, se dispone a tomar una foto. Flota ya cierta tensión en la manada, manifiesta en un sordo rumor de fondo, antes de destellar el flash.  

Un sitio en su montura

Fue tras acabar su décima lectura del Quijote que papá decidió acompañar al hidalgo en su primera salida. Nos lo comunicó esa misma noche, durante la cena, haciendo con sus palabras que, a nuestros ojos, la carne rebozada y los guisantes que había en la mesa se trocaran en duelos y quebrantos. «Me entristece –explicó– verlo tan solo y desamparado entre tanta canalla». Durante un rato no se escuchó otra cosa en el comedor que el chirriar de los cuchillos en los platos, hasta que mamá, seguramente que después de un arduo análisis de lo que había oído, le dijo que no entendía bien a qué se refería. Hay que decir que en cierto modo aquello no nos cogió de sorpresa, su conducta había ido cambiando de forma preocupante con cada revisión de la novela, aunque nunca hubiésemos imaginado que acabara saliendo con semejante disparate. En aquel momento, no obstante, diríase que papá no solo aparentaba cordura, sino estar preparado además para aclarar cualquier cuestión, y más cuando empezó respondiendo que ante todo no lo tomáramos por un loco, no al menos como el que don Quijote era, pues él jamás había leído uno solo de esos libros de caballerías, culpables sin duda de sus delirios, si bien admitía que aquella decisión suya, alentada por el único propósito de paliar la soledad de tan singular caballero, podía colocarlo en situación de parecerlo. Boquiabiertos seguíamos mamá y yo su claro y, en apariencia, discreto discurso cuando de repente lo dio por concluido y se levantó de la mesa sin haber dicho nada de lo que se le pedía.

«A tu padre se le ha ido la cabeza –me dijo mamá a la mañana siguiente–; te ruego que no le quites ojo de encima». Y así estuve el día entero, siguiéndolo a riesgo de ponerme pesado, observando lo que hacía e informándola de todo ello en cuanto iba teniendo ocasión. Él, sin embargo, parecía tan absorto en sus cosas que ni me miraba. Comprobé de este modo que estaba de preparativos y que conforme los tenía dispuestos los iba tachando de una lista. Primero estuvo sacando ropa del armario, camisas sobre todo, y metiéndola en una bolsa, para después hacer lo propio con el mueble de las medicinas, donde encontró vendas, algodón y esparadrapos, además de ungüentos para el dolor y soluciones para la desinfección de heridas, con los que llenó un maletín. Con eso y con una visita a la despensa, de la que cogió conservas, pan y vino, pareció satisfecho y en disposición de colocar todo en una mochila en la que ya había guardado dinero. Una vez conocidos estos y otros detalles, mamá confirmó sus sospechas de que papá quería suplir las carencias que el hidalgo sufrió en aquel primer viaje, tal y como le fueron expresadas por el mismo dueño de la venta que lo armó caballero. De cómo pensaba llevarlo a cabo no tenía ni idea.

Antes de que amaneciera al otro día ya estaba vestido y desayunado. Mamá y yo, que llevábamos un rato escuchándolo, entramos en la cocina justo cuando se colgaba a la espalda la mochila. Se despidió besándonos como cualquier otro día, miró luego el alba clarear por la ventana y, finalmente, con el contento y alborozo propios de quien da comienzo a un gran anhelo, salió a la calle por la puerta falsa del garaje.

En realidad el viaje de papá quedó circunscrito a los límites de nuestro patio. Sin ser este muy grande, en él pareció hallar un escenario para cada aventura, ya que había allí un abrigo de jardín que para su propósito bien podía pasar por una venta, y también una pila junto a ella donde velar las armas, así como varios árboles en los que encontrar atado al pobre Andrés y algunos caminitos que, aunque estrechos y cortos, podían acoger si no se era muy exigente la expedición completa, con quitasoles incluidos, de aquellos mercaderes de Toledo. Pasó de esta manera los primeros días deambulando por el jardín con aire resuelto, gesticulando y hablando solo, resultando fácil por cuanto iba diciendo seguir sus andanzas, ora platicando con el hidalgo sobre el noble oficio de caballería, ora tratando con el ventero –a quien aclaraba que, siendo escudero de tan ilustre señor, venía provisto de dineros y otras cosas necesarias–, para luego revivir el episodio de aquel Juan Haldudo y el muchacho al que azotaba, y ese otro con los seis toledanos y un mal intencionado mozo de mulas que con ellos iba, para acabar ayudando a Pedro Alonso en su traslado de un maltrecho don Quijote hasta el pueblo. Y a cada cosa asistía mi padre con gracia y buen talante, mostrando en todo momento un regocijo grande que ni las ya sabidas consecuencias de los desatinos de su amo lograban atenuar.

Pero aquella dicha fue alternándose, pasado un tiempo, con momentos de mal carácter. A veces discutía con su señor, bien intentando hacerle ver sus desvaríos, bien para disuadirlo de acometer acciones condenadas al fracaso, cuando no se desesperaba ostensiblemente y acababa gritando cosas tales como: «¡Al cuerno con el Marqués de Mantua! Créame que conozco a ese hombre y no es otro que el bueno y discreto Pedro Alonso». Había también otras en que permanecía callado, como si estuviese solo, y si acaso yo me acercaba agarraba mi brazo fuertemente y, con ojos desencajados, me espetaba: «Joven, dime si por ventura has leído El Quijote». A mí me gustaba dilatar esos momentos porque sabía que suponían su mayor contacto con la razón, y lo miraba pausadamente haciéndole esperar mis palabras. Su aspecto no difería mucho del de antes y su voz era tan cercana y amable como de costumbre, pero sus temblorosas pupilas parecían mirar desde muy profundo y hacia muy lejos. Me afanaba en buscar alguna respuesta que lo guiara de modo inocuo hacia la realidad. Pero acababa diciéndole siempre lo mismo: «Ya sabes que sí, papá».