Lugares comunes

Algún día me necesitarás y yo acudiré sin dudarlo. Ya sabes que no serán obstáculo para ello la altura de las montañas, la profundidad de los valles o la anchura de los ríos que nos separen. Aunque te recuerdo que ahora ando por Chicago y eso impedirá que llegue tan pronto como quisiera. Puedo verme ya recorriendo la Will Rogers en mi viejo Ford con ese solo objetivo. Repostando en gasolineras regentadas por tipos huraños. Comiendo en bares de camareras descaradas. Durmiendo en algún sucio motel del Midwest con ruidosos vecinos de habitación. Sufriendo tal vez una irreparable avería en mi coche y siendo recogido por un camionero charlatán que me lleve hasta donde pueda alquilar otro. Me asaltarán el último día recuerdos de nuestra agitada relación. Imágenes desordenadas entre las que destacará la de aquel móvil de vidrios de colores que te regalé una vez. Ahora cuelga del porche de la apartada granja en la que te ves obligada a vivir. Su tintineo, bajo el sol implacable de Arizona, se mezclará con el zumbido de las moscas y el crujir de una hamaca en la que se mecerá levemente el cadáver de tu marido. Levantando una gran polvareda llegaré al lugar del crimen donde, haciendo honor a mis turbios tiempos de sheriff, limpiaré cualquier rastro de tu presencia más inmediata y falsearé pruebas de forma que parezca un suicidio. Para entonces tú estarás alejándote adormilada en un viejo bus rumbo al hogar de tus padres, en Nevada. No faltará el cráneo de una vaca junto a la carretera y algún erizo cruzando la calzada, ni tampoco estepicursores rodando frente a tu casa, simbolizando nuestro destino, anunciando otros lugares comunes donde poder encontrarnos.

Por la escondida senda

Hay un óleo de Gustav Klimt en el que dos abedules parecen conversar. Según el día que lo miras se podría pensar que discuten de forma acalorada o bien que se han encontrado paseando y se alegran de ello. Sus figuras destacan en el horizonte, recortadas sobre un cielo con nubes, junto con la de un tercero de igual género del que no queda clara su actitud con respecto a ellos. La vegetación que completa el lienzo, en el que no hay presencia humana, son otros árboles, frutales estos y de un evidente discurso afable, y un prado florido que integra todo y que da la sensación, observando la cantidad de amapolas que acumula en la mitad inferior, de estar en lento movimiento hacia el espectador, como una multitud vegetal unida por alguna razón festiva o de reivindicación. El conjunto produce una algarabía sin estridencias que acaba enredándote en su indómita espesura. Yo tenía una copia de ese cuadro que miraba absorto cada tarde en mi apartamento en la ciudad. Seguramente siga allí colgada, como una ventana de luz en su oscura y atronadora soledad. La misma de la que una mañana partí en mi viaje hacia ese otro mundanal ruido.

El escudo

Cordelia nació de una niña de catorce años y de un padre que nunca lo fue, y creció huérfana de abuelos en una chabola de los suburbios. Pese a todo, tras cumplir dieciocho años se graduaba con Matrícula de Honor en el más reputado centro de enseñanza secundaria de la ciudad. Nadie habría dicho al verla recibir el diploma que aquella era la misma criatura que hasta que pudo andar por sí misma deambuló metida en un canasto por vertederos y campos de labranza, o permaneció esperando en él días enteros junto a una cadena de producción. Tampoco que la cuna y la cama donde durmió y la silla en la que se sentó, por no nombrar todas sus pertenencias desde pequeña, fueron rescatadas de la basura, cuando no compradas en rastrillos o recibidas en donación. Y mucho menos que los amigos que compartieron su infancia y adolescencia estuvieron estigmatizados por esa misma pobreza, cuando no también por la delincuencia. Es por todo eso que su figura vestida de gala sobre el escenario bien podría haber sido comparada a la de una deslumbrante venus milagrosamente emergida de aguas sucias y cenagosas. El que su persona hubiese quedado impoluta en ese proceso era en parte resultado de su propia valía, aunque no tanto como de una suerte de coraza mágica que la acompañó desde el primero de sus días, impidiendo que su piel se manchara con la mugre del extrarradio, apartando estorbos en su camino y deteniendo derrumbes a su paso. Un ente sobrenatural que, sin embargo, cuando perdía su habitual estado de fábula se convertía en un ser humano de cuerpo menudo. El de una chica de espalda atrofiada a fuerza de cargar con el capazo que la contenía allá donde la obligación la llevara. La misma que intentó compensarla a diario del cariño y la atención que por otros lados nunca habrían de llegarle. Una mujercita no mucho mayor que ella que, mientras recibía ahora los honores de su logro, aplaudía orgullosa y emocionada desde la última fila.

Éxodo

Ya no quedaba lugar para la duda: había que partir. El ascenso paulatino y generalizado de las temperaturas, de acuerdo con lo que algunos vaticinaban, había acabado desembocando en una nueva era glacial. El más tarde llamado Punto de Inversión, en el que el calentamiento se había frenado pese a las escasas medidas tomadas, había hecho pensar a muchos que el problema estaba resuelto. Pero no era así. A partir de entonces tuvo comienzo el enfriamiento global, de efecto más veloz que su fenómeno opuesto, haciendo que en poco tiempo los casquetes polares avanzaran empujando a toda vida capaz de movimiento hacia otras latitudes, cuando no sepultándola hasta hacerla perecer bajo el hielo.

Mi amigo Luis fue desde el inicio el principal partidario de abandonar la aldea, si bien solo accedimos a darle la razón cuando la verdad era más que evidente. Atrás quedaban años de incertidumbres, de discusiones acaloradas en los medios que nunca aclaraban nada, de largas conversaciones en la taberna e insoportables silencios en casa, de afirmaciones vagas y negaciones inconsistentes, de atender sólo a lo que uno quería oír con tal de no afrontar la realidad, o de buscar motivos que justificaran retrasar aquello que a todas luces se iba perfilando como la única alternativa a la desesperante necesidad, pero sobre todo al miedo, el mayor miedo que uno pueda tener, y que se fundamentaba en la conciencia de tener a los tuyos en el peor de los peligros.

Despedirse de los viejos fue lo más duro. Decididos por propia voluntad y de manera irrevocable a quedarse, sabíamos que aquel abrazo podría ser el último. Se movían inquietos entre nosotros, procurando no estorbar aunque sin saber qué hacer. Su mayor preocupación parecía haberse reducido a que pudiéramos olvidar algo, de manera que sus frases de recordatorio, repetidas nerviosamente hasta el absurdo, sustituían con frecuencia a las de la despedida. En la última imagen que recuerdo de mis padres, ambos están diciendo adiós delante de casa y al lado de nuestro pozo, aquel que yo mismo hice como único recurso para disponer de agua en estado líquido. No hubo de pasar mucho tiempo para que nuestros peores augurios sobre el destino de cuantos dejamos allí se vieran confirmados.

Salimos al alba en silencio, cargando en brazos con los más pequeños, aún dormidos, y arrastrando únicamente los enseres necesarios. El barro helado de los caminos, marcado de huellas de carros, dificultaba nuestro avance, obligándonos a parar más de lo deseado en espera de los rezagados. Nada que hiciera flaquear nuestra determinación de seguir, de alejarnos como fuera del hambre y aquel frío extremo que parecía mordernos los talones, provocando a diario bajas entre los más débiles y vulnerables.

El grupo iba creciendo al paso por los pueblos. Los nuevos hablaban con entusiasmo del Continente Milagro, La Tierra de la Gracia, ese lugar donde un día reinaron los desiertos y en el que ahora la vida florecía por todas partes en una abundancia sin límites. Éramos conscientes de que, tras llegar a la costa, cruzar el mar exigiría una interminable y tortuosa espera. Se decía que montar en cualquiera de los barcos tenía un precio que no todos podían pagar, y que el pillaje, el robo y el asesinato se habían convertido en un riesgo mucho mayor que la propia aventura de un desplazamiento forzado y sin medios. Nos consolaba saber, no obstante, que al menos ya no quedaba nada de aquella barrera hiriente que una vez nosotros mismos habíamos levantado.

Zoología de interior

Son bisontes. Lo sabe desde que escuchó el primer contacto de sus pezuñas sobre las baldosas. Han ido apareciendo de uno en uno pasada la medianoche, andando mansamente por el pasillo, husmeando en la cocina y los dormitorios, bramando agobiados entre los saneamientos del baño, hasta acabar ocupando el piso entero. Sólo en el salón habrá unos cincuenta ejemplares. Nada más clarear el alba cientos de estorninos han entrado en bandada por las ventanas, y al poco todos tenían unos cuantos posados sobre sus lomos. Les ha puesto hierba fresca y agua para poderlos estudiar en detalle. Trabaja con denuedo, examinándolos y recogiendo muestras, realizando bocetos, apuntando toda clase de datos y observaciones. Siente una emoción difícil de explicar remetiéndose entre ellos. Acaricia la dura pelambrera de sus jorobas, los agarra por los cuernos y mira con fijeza a sus ojos, maravillándose de su gesto impasible “asunción natural de la realidad hallada”, anota en su bloc; les golpea cariñosamente el hocico con la palma de la mano. Subido ahora en un taburete, con rodillas temblorosas, se dispone a tomar una foto. Flota ya cierta tensión en la manada, manifiesta en un sordo rumor de fondo, antes de destellar el flash.  

Un sitio en su montura

Fue tras acabar su décima lectura del Quijote que papá decidió acompañar al hidalgo en su primera salida. Nos lo comunicó esa misma noche, durante la cena, haciendo con sus palabras que, a nuestros ojos, la carne rebozada y los guisantes que había en la mesa se trocaran en duelos y quebrantos. «Me entristece –explicó– verlo tan solo y desamparado entre tanta canalla». Durante un rato no se escuchó otra cosa en el comedor que el chirriar de los cuchillos en los platos, hasta que mamá, seguramente que después de un arduo análisis de lo que había oído, le dijo que no entendía bien a qué se refería. Hay que decir que en cierto modo aquello no nos cogió de sorpresa, su conducta había ido cambiando de forma preocupante con cada revisión de la novela, aunque nunca hubiésemos imaginado que acabara saliendo con semejante disparate. En aquel momento, no obstante, diríase que papá no solo aparentaba cordura, sino estar preparado además para aclarar cualquier cuestión, y más cuando empezó respondiendo que ante todo no lo tomáramos por un loco, no al menos como el que don Quijote era, pues él jamás había leído uno solo de esos libros de caballerías, culpables sin duda de sus delirios, si bien admitía que aquella decisión suya, alentada por el único propósito de paliar la soledad de tan singular caballero, podía colocarlo en situación de parecerlo. Boquiabiertos seguíamos mamá y yo su claro y, en apariencia, discreto discurso cuando de repente lo dio por concluido y se levantó de la mesa sin haber dicho nada de lo que se le pedía.

«A tu padre se le ha ido la cabeza –me dijo mamá a la mañana siguiente–; te ruego que no le quites ojo de encima». Y así estuve el día entero, siguiéndolo a riesgo de ponerme pesado, observando lo que hacía e informándola de todo ello en cuanto iba teniendo ocasión. Él, sin embargo, parecía tan absorto en sus cosas que ni me miraba. Comprobé de este modo que estaba de preparativos y que conforme los tenía dispuestos los iba tachando de una lista. Primero estuvo sacando ropa del armario, camisas sobre todo, y metiéndola en una bolsa, para después hacer lo propio con el mueble de las medicinas, donde encontró vendas, algodón y esparadrapos, además de ungüentos para el dolor y soluciones para la desinfección de heridas, con los que llenó un maletín. Con eso y con una visita a la despensa, de la que cogió conservas, pan y vino, pareció satisfecho y en disposición de colocar todo en una mochila en la que ya había guardado dinero. Una vez conocidos estos y otros detalles, mamá confirmó sus sospechas de que papá quería suplir las carencias que el hidalgo sufrió en aquel primer viaje, tal y como le fueron expresadas por el mismo dueño de la venta que lo armó caballero. De cómo pensaba llevarlo a cabo no tenía ni idea.

Antes de que amaneciera al otro día ya estaba vestido y desayunado. Mamá y yo, que llevábamos un rato escuchándolo, entramos en la cocina justo cuando se colgaba a la espalda la mochila. Se despidió besándonos como cualquier otro día, miró luego el alba clarear por la ventana y, finalmente, con el contento y alborozo propios de quien da comienzo a un gran anhelo, salió a la calle por la puerta falsa del garaje.

En realidad el viaje de papá quedó circunscrito a los límites de nuestro patio. Sin ser este muy grande, en él pareció hallar un escenario para cada aventura, ya que había allí un abrigo de jardín que para su propósito bien podía pasar por una venta, y también una pila junto a ella donde velar las armas, así como varios árboles en los que encontrar atado al pobre Andrés y algunos caminitos que, aunque estrechos y cortos, podían acoger si no se era muy exigente la expedición completa, con quitasoles incluidos, de aquellos mercaderes de Toledo. Pasó de esta manera los primeros días deambulando por el jardín con aire resuelto, gesticulando y hablando solo, resultando fácil por cuanto iba diciendo seguir sus andanzas, ora platicando con el hidalgo sobre el noble oficio de caballería, ora tratando con el ventero –a quien aclaraba que, siendo escudero de tan ilustre señor, venía provisto de dineros y otras cosas necesarias–, para luego revivir el episodio de aquel Juan Haldudo y el muchacho al que azotaba, y ese otro con los seis toledanos y un mal intencionado mozo de mulas que con ellos iba, para acabar ayudando a Pedro Alonso en su traslado de un maltrecho don Quijote hasta el pueblo. Y a cada cosa asistía mi padre con gracia y buen talante, mostrando en todo momento un regocijo grande que ni las ya sabidas consecuencias de los desatinos de su amo lograban atenuar.

Pero aquella dicha fue alternándose, pasado un tiempo, con momentos de mal carácter. A veces discutía con su señor, bien intentando hacerle ver sus desvaríos, bien para disuadirlo de acometer acciones condenadas al fracaso, cuando no se desesperaba ostensiblemente y acababa gritando cosas tales como: «¡Al cuerno con el Marqués de Mantua! Créame que conozco a ese hombre y no es otro que el bueno y discreto Pedro Alonso». Había también otras en que permanecía callado, como si estuviese solo, y si acaso yo me acercaba agarraba mi brazo fuertemente y, con ojos desencajados, me espetaba: «Joven, dime si por ventura has leído El Quijote». A mí me gustaba dilatar esos momentos porque sabía que suponían su mayor contacto con la razón, y lo miraba pausadamente haciéndole esperar mis palabras. Su aspecto no difería mucho del de antes y su voz era tan cercana y amable como de costumbre, pero sus temblorosas pupilas parecían mirar desde muy profundo y hacia muy lejos. Me afanaba en buscar alguna respuesta que lo guiara de modo inocuo hacia la realidad. Pero acababa diciéndole siempre lo mismo: «Ya sabes que sí, papá».